Día 3

Normandía • 6 de abril de 2012

El día de hoy ha sido más relajado que el de ayer aunque empezó habiendo dormido menos de lo necesario. Desayunamos casi lo mismo que ayer, con la variación de que en vez de mermelada de higos teníamos de naranja con ingrediente secreto de la abuela. De momento la de frambuesa sigue siendo la mejor.

Para que el viaje no se hiciera muy largo, fuimos a Coutances, famosa por su catedral, a una hora del hotel. Desgraciadamente hacía muy mal tiempo, mucho frío y eso nos impidió disfrutar bien del lugar: vimos su catedral que es muy grande pero no especialmente bonita y listo.

De ahí fuimos a Saint-Malo, ciudad amurallada en una península. Vivían de la pesca y la construcción de barcos hasta que se empezó a extender a otros lugares. La muralla se construyó sólo en la cara este y norte en el siglo XIX en la época de rivalidad con los ingleses (una de tantas). Saint-Malo es una ciudad muy homogénea, todos los edificios son de granito poco ornamentados; el conjunto impresiona, especialmente por la muralla. Dimos un paseo por la parte de arriba, lo hubiésemos disfrutado aún más si hubiese hecho menos viento y menos frío. Aún así las vistas sobre las pequeñas fortalezas y el mar, tres estrellas (tres son las máximas de la guía). La parte bonita de la ciudad es la intra-muros, el resto nos asomamos pero no nos acabó de convencer. Había vidilla en la ciudad, era agradable. Se nota que es un sitio muy turístico, porque había bares por todas las esquinas. Acabamos comiendo en un sitio muy curioso recomendado por la routard, se llamaba algo de les Lupins y estaba decorado con brujitas y ambiente de cuento, ¡hasta el baño! En la mesa teníamos el gran libro de los gnomos. De Saint Malo fuimos al Mont Saint Michel, que obviamente no necesita presentación. Es una abadía benedictina en un monte-isla actualmente conectado al continente por una carretera pero que queda aislado con la marea alta. Es impresionante. Recomendamos la visita con audioguía de la abadía y un paseo por la ciudad. Nos sorprendió el tamaño del monte, parece mucho más pequeño de lo que es, pero da para albergar a una pequeña ciudad y a una abadía enorme completamente construída en vertical. Fue hecha con piedras traídas en barco de un archipiélago cercano. Sirvió de abadía, de cárcel para la abadía, de cárcel para la república y ha sido siempre un centro de peregrinación (fue uno de los pocos lugares inexpugnados durante la Guerra de los Cien Años) Estuvimos esperando a la subida de la marea, fue un poco decepcionante porque esperábamos olas de 5 metros y rayos y truenos, pero nada, tuvimos un precioso día soleado y donde había arena se puso agua.

Gran acierto que para cenar nos fuimos a Avranches en vez de quedarnos en Mont Saint MIchel donde todo es muy turístico y por lo tanto carísimo. Avranches es una ciudad pequeña cuya única virtud a priori era que salía en un mapa de camino al hotel, ni siquiera salía en la guía. Paramos en ella porque el obispo de Avranches fue el que mandó construir la abadía del Mont Saint Michel. El centro es pequeño pero acogedor, tiene un par de restaurantes con buena pinta. Otra vez escogimos uno recomendado por la Routard, acierto casi seguro. Decoración exquisita, comida igual y además vendían un montÛn de confituras, terrinas y galletitas... apetecía llevárselo todo. Como llegamos después de las 7 no sabemos si el pueblo tiene vida o no, cosas europeas.

Vuelta al hotel. Claudio ha muerto, a pesar del café colombiano que se tomó en el restaurante. Las vacaciones son muy duras.