Ekaterinburgo

Transmongoliano • 10 de agosto de 2012

El gran momento del día ha sido la ducha en la estación de tren de Ekaterinburgo, pero eso fue al final. Empecemos por el principio.

Llegamos a Ekaterinburgo, Sverdlosk en época soviética. Una ciudad próspera, nada que ver con Kazán. Mucho más parecida a Moscú. Quinta ciudad de Rusia por tamaño, con millón y medio de habitantes. Importante: es la primera ciudad importante que se encuentra al este de los Urales. Es esa localización geográfica precisamente la que la ha hecho próspera y rica. Los Urales, además de separar Asia de Europa, son una cadena montañosa muy rica en minerales: piedras preciosas, hierro, etc.

Además de eso, o quizá por eso, Ekaterinburgo forma parte de la historia rusa. Aquí mataron a los Romanov, y en honor al que los mató se cambió el nombre de la ciudad a Sverlodsk. La ciudad ahora tiene una iglesia memorial de los Romanov: iglesia de la Sangre Sagrada. Es una iglesia muy grande y con una decoración muy lujosa. El memorial está en la planta de abajo. Había muchas parejas de recién casados haciéndose fotos. A lo largo del día vimos más parejas haciéndose fotos en distintos lugares de la ciudad, sobre todo en las fuentes. Dicen que los iconos encargados han sido los más caros de la historia rusa. Yo no sé si eso es verdad o no, pero desde luego ostentosos eran. Todavía no se sabe muy bien porqué los han canonizado, pero parece que el pueblo ruso quiere hacerse perdonar por haber matado al zar, a la zarina, sus cuatro hijas y al hijo hemofílico. La iglesia era bonita, pero más mona era la capilla de madera construida en los 90 justo al lado, dedicada a la hermana del zar, también asesinada y canonizada. Al parecer los antimonarquicos la han quemado ya varias veces, pero nosotros no vimos ningún rastro de quemadura.

Romanov

Avanzamos a los años 50-60. En Ekaterinburgo tuvo lugar uno de los acontecimientos desde mi punto de vista más sonrojantes para los americanos de la guerra fría. La guía lo explica bastante bien: un avión americano, un B-52, estaba haciendo espionaje en territorio ruso a unos 20.000 metros de altura. Fue derribado. Los americanos contaron una milonga: que era un avión meteorológico cuya cabina se había despresurizado y por eso cayó en Rusia. Los rusos se partían de risa y dijeron que no se había caído, que lo habían derribado. Los americanos erre que erre que era una avión meteorológico que no volaba a más de 16.000 metros. Y los rusos ya partidos de risa del todo: verán, es que el piloto del avión está vivo, lo hemos capturado, ha cantado como un pajarito y hemos revelado todas las fotos que había hecho; ¡ah! y además no iba a 16.000 metros, iba a 20.000 y si hubiera ido más alto también habríamos podido derribarlo. Hay un museo sobre esto, pero estaba cerrado.

Otro museo cerrado al que nos hubiera gustado entrar es una colección privada de piedras de los Urales. Al parecer las piedras que allí se pueden ver son impresionantes.

En la ciudad vimos más cosas, por ejemplo un memorial a las víctimas de la guerra de Afganistán de los 80. La de la guerra de Charlie Wilson.

Pero lo que vimos en la ciudad poco tiene que ver con el que realmente fue el tema del día: mi mal olor. Ceci por educación no me decía nada, pero yo olía mal. No nos habíamos duchado / lavado en el tren desde Kazán porque el baño era asqueroso. Nos habíamos, eso sí, refregado un poco con toallitas de bebé. Pero fue claramente insuficiente. En la primera visita del día, el memorial de los Romanov, Claudio aprovechó para lavarse en un váter (bendita idea la de llevar una esponja y jabón con nosotros) y la cosa mejoró un poco. Luego fuimos a comer a Mamma’s Big House, donde yo tomé ensalada Olivier, que es parecido a lo que nosotros entendemos por ensaladilla rusa. Estaba muy buena. También comimos, por error porque no interpretamos bien lo que era, una sopa con carne, bechamel, pimiento, tomate, patata y pimentón (igual llevaba algo más). El plato estaba bien, comestible, pero no era nada adecuado para la temperatura.

El sitio nos gustó porque nos lavamos y comimos bien ¿qué más se puede pedir?

Aunque no tanto como en Kazan, hacía un calor horrible. De hecho Claudio se metió en una fuente que tenía una pinta asquerosa a darse un remojo de pies y pelo. Caminábamos dos pasos y ya estábamos agotados. Por la tarde intentamos ver los museos cerrados y cuando ya no nos quedaban recomendaciones de la guía, decidimos ir al supermercado, comprarnos la merienda e ir a tomarla a un parque que había al lado de una iglesia que nos quedaba por ver para hacer tiempo. Pero nos cansamos de hacer tiempo antes de lo previsto, Claudio estaba que no se aguantaba a sí mismo por su olor (sí, olía muy mal) nos fuimos a un parque en el que unos señores estaban jugando al ajedrez.

Ducha muy necesaria

En la estación buscamos las duchas, pero habían cerrado. Desesperados seguimos dando vueltas hasta llegar a la sala VIP, donde después de una laaaaaaaarga espera (igual no tanto) una señora muy maja nos llevó a la ducha, nos explicó por señas cómo proceder (seguidas de una señal de quedarse agusto post-ducha) y allí nos dejó. Nos duchamos, lavamos ropa y salimos pitando hacia el tren.