Primer día en el hospital

Bolivia • 6 de marzo de 2013

¡Hoy toca hospital! Mariela me llevó en micro hasta el despacho de Juana en la parte alta del hospital.

El edificio está justo en frente de la Rotonda (lo escribo con mayúscula porque es un lugar de referencia, como puede ser la Curva, Palacio o los Alegres), en medio del mercado.

Según entras está admisiones y la farmacia y luego cuando te metes ya te encuentras las consultas de distintas especialidades (traumatología, pediatría, medicina interna, ginecología, obstetricia y tuberculosis). En una zona separada por una verja están los despachos de Juana y gerencia del hospital. Inmaculados de limpios. Allí dejé el bolso, me puse la bata y bajé a que Juana me presentase al médico con el que pasaría el resto de la mañana en la consulta de medicina interna.

Aquí la medicina es muy distinta. No hay nada por escrito, o apenas casi nada. Mientras que en España tienes que apuntar todo lo que haces y lo que dejas de hacer y tomar una historia detallada, aquí preguntan las cuatro cosas necesarias para diagnosticar el problema, exploran, tratan y a casa.

Los visitadores se pasean por el hospital como si fuera su casa. Entran en la consulta muchas veces interrumpiendo al paciente, presentan sus fármacos (amoxicilina sabor banana, azitromicina sabor menta) y si tienes suerte te traen un sandwich y un refresco. Al final de la mañana acabamos con media mesa llena de fármacos. Nunca había visto cosa igual. Es vergonzoso. La mayoría de los visitadores son visitadoras, taconazos, minifalda y comentarios zalameros a los médicos que son 99% hombres. Resulta grotescamente ridículo.

En mi opinión aquí se sobremedica a los pacientes en general. A todos les cae una penicilina pinchada a parte del medicamento que se tengan que tomar, véase si tienes unos mocos te recetan un augmentine y una penicilina. Yo entiendo que en parte esta medicina es muy defensiva porque los pacientes no vienen hasta que están ya muy enfermos y nada te garantiza que vayan a seguir el tratamiento o que vuelvan para el seguimiento. Pero aún así, es exagerado lo que les dan, sobretodo sabiendo que los medicamentos son  muy caros y muchos no se los pueden permitir.

Pasé la mañana en la consulta, aprendiendo el funcionamiento de las cosas. A las 12 me recogió Juana y volvimos andando a Palacio donde había cocinado Chelines unas albóndigas que estaban de muerte.

Por la tarde volví sola al hospital y esta vez fui a Urgencias, emergencias que dicen aquí. Pasé la tarde muy entretenida, con pacientes acá y allá… ya contaré algún caso otro día.

A la vuelta recogí a María, que está en el puesto de trabajadora social, intentando garantizar cuidados mínimos a los más pobres.

El resumen es que estoy feliz. Ridículamente feliz, esto me encanta a pesar de toda la miseria y toda la pobreza que estoy viendo. No sé cómo explicarlo, creo que para entenderlo hay que vivirlo.