Chiquitanía. Día 2

Bolivia • 12 de marzo de 2013

Nos despertaron por la mañana unos oficiales que marchaban por la ciudad cantando. Desayunamos en el restaurante donde habíamos cenado el día anterior. Por 25 bolivianos nos dieron crepes, yogur hecho por un señor del pueblo, tortillas varias, tostadas, zumo de guayaba natural, café, té… yo repetí varias veces de todo porque estaba buenísimo.

Nos sugirieron que fuésemos hasta un mirador desde el que se ven unas vistas magníficas pero al final nos decantamos por ir directamente a bañarnos porque ya era tarde para hacer una excursión, con el calor que hacía. Así que visitamos la iglesia de Santiago y salimos hasta nuestra siguiente parada.

Llegamos a Aguas calientes, uno de los sitios más bonitos que he visto en mi vida.  Se trata de un río de aguas termales, ancho, rodeado de selva a ambos lados. Según te vas metiendo te cubre por los tobillos. A veces ves unas burbujitas y cuidado, porque como apoyes el pie te hundes hasta la cadera, son ¡arenas movedizas! El truco está en no asustarte, sólo te hundes hasta el ombligo y si te reposicionas las propias arenas te empujan hacia arriba. El agua está muy caliente,  como el propio nombre indica. Para mi gusto demasiado caliente, nadar resultaba desagradable.

De ahí fuimos a El puente, otra zona de aguas termales, esta vez un río más pequeñito y el agua más tibia, no quemaba al meter el pie. Nos dijeron después que 5 km más abajo de donde nos estábamos bañando habían encontrado a una tigresa con sus crías que había perseguido a los que se toparon con ella.

Como teníamos una cámara acuática aprovechamos para hacer un montón de fotos, que ya iré subiendo.

Para comer los chóferes nos llevaron a Roboré, donde ellos tenían familia. Comimos en un restaurante en medio del campo majaditos de pollo con Paceña (la mejor cerveza boliviana, para mi gusto muy suave pero está buena) bien fría. El momento culminante llegó con el karaoke que nos prepararon para nosotros. Lo pasamos muy bien y se prolongó la sobremesa entre canción y canción.

A la vuelta paramos en San José para ver el interior de la iglesia y nos coincidió con una procesión, así que pudimos verla pero sin mucho detalle por no molestar. De ahí retirada hasta casa, un viaje pesado, pero que sin duda compensó por todo lo visto.