Excursión

Camboya • 17 de febrero de 2014

Primer domingo. A las 6:30 am me he despertado con el sonido de los pájaros. No unos trinos suaves, aquello parecían bandadas y bandadas a todo volumen, seguido de niños jugando, el gong y las campanas de misa (puede que eso fuese más tarde). Yo estaba convencida de que tenía un pájaro dando vueltas alrededor de mi mosquitera. Lo que está claro es que aquí la vida empieza antes.

Como es domingo no tenemos desayuno en la prefectura así que hemos salido a buscar un horno de pan que habían fichado los demás el otro día. Por el camino nos encontramos un puesto que vendía una especie de pan frito que sabe a mezcla de donuts con churros. En el puesto de al lado pedimos un café con leche, que aquí es café con un tercio de taza de leche condensada, buenísimo claro.

Para completar también compramos pan en el horno. Los camboyanos han conservado la tradición francesa de las baguettes y les salen estupendas.

Volvimos a la Prefectura donde nos reunimos con Jimena, que nos explicó lo que íbamos a hacer estas semanas. Una pasada. Increíble. Está todo superbien organizado, se ve que llevan tiempo preparándolo. Vamos a ir visitando distintos pueblos, tenemos un traductor cada uno. Esta semana vamos a dormir en Battambang y visitar los pueblos cercanos y las siguientes nos desplazaremos. ¡Incluso vamos a ir a los pueblos flotantes! Ya iré contando los próximos días.

A las 10 y media empezamos nuestro tour con Tony Bambú (lo llaman así porque era el encargado de pasear a la gente en tuktuk hasta el Bamboo Train). Un tuktuk es una moto que tira de un carro en el que se suben tranquilamente unas 6 personas. El bamboo train, que ahora es una atracción turística, usa las antiguas vías de tren que cortaron los jemeres rojos y que después no volvieron a utilizarse debido a las lamentables condiciones. Ahora hay unas plataformas de bambú que se mueven con un motor a una velocidad mucho mayor de la que uno podría imaginar (recomendación personal: llevar pañuelo y gafas de sol para no comerse todos los mosquitos). El trayecto son 5 USD y son 20 minutos de ida, 20 de vuelta y 10 para pasearte por un pueblo que realmente está lleno de puestos para turistas. Las niñas te asaltan con sus pulseras y anillos hechos con hierbas.

Después del tour en el tren, Tony, que es el guía perfecto, nos fue enseñando plantas y cosas del campo. Paramos en un puente colgante de madera por el que pasan motos y bicicletas, sobre un río bastante ancho y caudaloso, a pesar de estar en temporada seca. Allí cruzamos para ver uno de tantos templos (suponemos que era un templo, allí había budas).

De camino a nuestra siguiente parada fuimos parando, viendo distintas plantaciones: cacahuetes, berenjenas, jack fruit, limas... los niños siguen acercándose a nosotros. Los de zonas menos turísticas no nos venden nada, sólo vienen y te traen flores. En un momento del trayecto, nos paramos a ver a unos hombres pescando en una charca; por lo que nos contó luego Tony, cogen peces pequeños que meten en la charca y los repescan cuando son mayores. La verdad que nos pareció increíble que pudiera salir todo el cubo que tenían de aquel charco enfangado. No muy lejos de ellos, los más pequeños se dedicaban a jugar en el barro, felices.

Teníamos ya hambre y aunque Tony nos ofreció rata e insectos de un puesto de la carretera, decidimos pasar e ir a comer a otro sitio, cerca de nuestro próximo destino. Aquí comen muchos insectos, de hecho por la noche ponen unas lámparas fluorescentes rodeadas de redes que sirven para cazarlos. La comida estaba buenísima, unos pedimos pollo con arroz y lima y otros piña con pollo y arroz. Cantidades industriales para todos por supuesto y agua, agua, mucha agua. Estábamos todos bastante deshidratados con este calor y humedad.

Tras pagar los 3USD a la tourist police, empezamos el ascenso a la montaña de Phnom Sampeu. Son muchos los templos y muchas las historias. Antiguamente era una montaña de paz y meditación para los budistas, pero los jemeres la tintaron de una historia más... roja. Hasta 10000 personas fueron torturadas y asesinadas en las grutas de la montaña. Los jemeres se merecen un post a parte así que no me voy a meter excesivamente en datos históricos, sólo los relevantes relacionados con lo que hemos visto hoy.

La historia está muy presente y muy viva, como no puede ser de otro modo dado lo reciente que es. Tony nos contó que en su familia habían muerto en aquella montaña sus tíos y que su prima había sido violada por tres jemeres.

El sistema de matanza era simple, o eras degollado sobre una pila donde se conservaba tu sangre para que estuviera siempre presente entre los vivos, o eras arrojado desde lo alto de la montaña a una gruta... caída libre de cabeza. Las torturas fueron infinitas, muchas aprovechando electricidad. Según la zona donde te encontraras más o menos posibilidades de vivir (tipo Auschwitz I y II).

Los templos se alternan con las estatuas de Buda y las horribles cuevas que sirvieron de lugar de matanza y fosa común. El propio Tony fue con sus padres años después de las matanzas en busca de los cuerpos de sus familiares. No me es nada fácil describir lo triste e incómodo que fue el momento en el que nos contó todo aquello, no sabíamos qué decir ni qué hacer.

Los templos están guardados por monjes, con distintas tonalidades de togas en función de su grado, cuanto más oscura, más años y mejor templo vigila. Alguno necesita hasta 20 años para poder meditar en ciertos lugares. Visitamos muchos puntos, todos ellos muy coloridos y decorados con imágenes que representan la historia de Buda. Algunos eran templos, otras pequeña grutas en las cuevas, todas con su estatua y muchas con representaciones de serpientes de 3 cabezas que simbolizan protección de las cuevas. En una de las cuevas nos ataron una pulsera roja como símbolo de buena suerte y en otra quemamos 5 barritas de incienso y fuimos benditos por el monje que nos salpicó con agua bendita.

Pasando a cosas más felices y triviales, la montaña estaba llena de monos. Se lanzaban a cualquier comida que les ofrecieras y no tenían nada de miedo. Fue muy divertido verlos, hasta que uno intentó robarle la cámara a Diego y cuando apartó la mano casi le da un mordisco. Había monos macho, hembras preñadas y monos bebé por doquier jugando.

Una vez terminado el recorrido descansamos en lo alto de la montaña contemplando las vistas, el inicio de la puesta de sol y finalmente hicimos un descenso más rápido por las escaleras, empinadísimas, para llegar al punto de partida, donde esperamos la salida de los murciélagos. Al atardecer salen decenas de miles de murciélagos de una gruta, todos ordenados haciendo unas formaciones de lo más curiosas. Resulta espectacular.

Ya agotados, Tony Bambú nos devolvió a casa y por todo el día nos ha cobrado 5USD a cada uno, es un guía muy recomendable. El día ha sido genial y para acabar hemos ido a tomarnos unos batidos al white rose. ¡Qué buenas están aquí las frutas!