Bobel

Camboya • 22 de febrero de 2014

Sigue haciendo frío. ¡Cómo ha costado meterse en la ducha esta mañana! Hoy se han quedado en el centro Diego y Ana y los demás nos hemos ido a Bobel, un centro de rehabilitación. Ilusas nosotras, al principio creíamos que era rehabilitación física pero cuando Jimena nos dijo que no diéramos muchas pastillas porque luego igual traficaban con ellas empezamos a sospechar otra cosa. Bobel estaba lejos, a una hora y media en coche (como dijo Cris, los drogadictos se deshabituaban antes de llegar con todo el camino que tenían que hacer ). El viaje se nos hizo un poco pesado, porque entre el frío y el viento, no era tan agradable ir en la parte de atrás (al menos fuimos avispados y llevamos el chubasquero de cortavientos).

De momento, cada día en Camboya es más sorprendente que el anterior. Según entramos nos dijimos, qué bien cuidado está todo, qué buena pinta tiene este sitio... error.

El centro es como una cárcel y las condiciones digamos que no son óptimas. Prácticamente según entramos vimos a un señor sentado en un banco con unas lesiones espantosas en la mitad del cuerpo (Jimena nos preguntó si tendría lepra, imaginaos lo feas que eran) más tarde descubrimos que el hombre en cuestión se había intentado quemar a sí mismo y se había provocado esas heridas hace unas 5 semanas. Su familia, imagino que desesperados, lo habían llevado al centro de rehabilitación hacía 4 y nadie se había molestado en llevarlo a un hospital o a que lo viera un médico. Aquello daba pena y dolor.

Los demás pacientes fueron todos muy correctos, cosa que me sorprendió muchísimo ya que allí el mono (del pegamento, la marihuana, la heroína o lo que sea) se pasa a pelo, sin ningún medicamento, en una especie de celdas donde los tienen recluidos salvo cuando los sacan a hacer ejercicio (única vía de escape para estos hombres). El centro es del gobierno, así que los fondos son muy limitados y los funcionarios están poco motivados. Se supone que allí ingresan de forma voluntaria o porque los traiga la policía, pasan un periodo de 6 meses y si reinciden pueden volver al centro por un tiempo superior. Son unos 60 hombres y 4 mujeres.

No encontramos patologías especialmente llamativas, lo esperable en gente en período de deshabituación salvo una curiosidad, todos tenían heridas en los codos. Nos empezamos a mosquear un montón porque cuando preguntábamos el origen de las heridas todos nos daban explicaciones que eran claramente mentira. Al final del día, una de las 4 chicas que viven en el centro nos confesó que eran heridas de castigo de cuando desobedecían al jefe del centro, al parecer a las chicas también las pegaban. Otro problema con el que dimos fue cuando después de ver unos cuantos pacientes, llegó uno diciendo que era el recolector de las pastillas, encargado de repartirlas entre todos los internos. Aquello parecía sospechoso porque hasta ahora no había habido ninguna persona encargada para esa tarea y nos olíamos que en realidad lo que quería era traficar con ellas. Al final nos fiamos del juicio de las traductoras, que creían que decía la verdad... y entonces llegó el siguiente problema: el tipo había ido recolectando las pastillas de todos los pacientes y las había juntado, independientemente de su posología. Fue bastante laborioso volver a separarlas y al final lo que hicimos fue darle bolsitas individuales con los nombres de los pacientes y las pautas apuntadas por fuera. Esperemos que sirvan.

A la vuelta, hicimos una parada técnica para sacarnos fotosensible está presa (se pronuncia kompimpui pero ni idea de cómo se escribe). No es una gran infraestructura con capacidad de producir energía, es sin más un lago con unos muretes de no más de metro y medio de arena, que como nos contó Jimena no habían resistido la temporada de monzones cuando las lluvias se llevaron todo por delante y la presa se convirtió en un río de gran caudal que se llevó la carretera por la que íbamos y los pueblos cercanos por delante.

Como hoy es viernes, había plan especial para las chicas de Kalapati. Son las chicas discapacitadas que viven en la prefectura. Las hemos sacado a cenar a uno de los puestecillos del río y ha sido muy divertido verlas a todas tan contentas y arregladas para salir. Se han subido todas en la parte de atrás de la furgoneta en un abrir y cerrar de ojos, impresionante. La de la pierna protésica ayudando a la ciega, otras cogiendo a las de las sillas de ruedas para auparlas... muy tierno d ever en serio. Los puestecillos del río estaban genial. Son como los típicos carritos de perritos calientes de Nueva York pero con televisión y wifi incorporados, menuda modernidad. Cenamos comida típica camboyana: noodles en sopa, fritos... y unos huevos cocidos de curioso aspecto que menos mal que no probé porque luego nos contaron que eran en realidad huevos fecundados con el embrión de pollito a medio formar para que tuvieran más consistencia.

Nada más cenar devolvimos las chicas a la Prefectura y nosotros nos reunimos con Diego y Ana que prácticamente acababan de llegar de su visita a pueblo. Nos pusimos con nuestras mejores galas (lo cual en mi caso consistió en una camiseta prestada y los pantalones de todos los días porque habíamos llevado nuestra ropa sucia a la señora de en frente para que nos la lavara) porque vamos al restaurante de Nicola, el más chic de la ciudad por lo que parece. Hemos ido los 6 mires, los 7 voluntarios de larga estancia y dos palomas (son chicas camboyanas que han pasado 1 año en España y hablan perfectamente español). Nicola es un cirujano suizo que ha estado en Afganistan entre otros sitios y sabe bastante de medicina sin medios. En Camboya trabajaba en un hospital que al cambiar de dueños y no encajar tanto con su visión de ver y tratar a los pacientes con menos recursos ha decidido abrir un restaurante. El sitio está muy bien, la decoración y ambientes muy agradables, estilo occidental eso sí. Los mantelitos de la cena estaban hechos por las chicas de Tahén.

Después de cenar los demás voluntarios nos llevaron al Balcony, número uno de la Lonely Planet de ¿dónde tomarte una copa? en Battambang. El sitio es un balcón, sobre el río con muy buen ambiente, al parecer las hamburguesas están buenísimas, a ver si un día vamos a cenar. Se ve que ya los conoce porque según entramos, pusimos nuestra propia música y pasamos varias horas bailando.

El día sin duda, ha sido completo.