Miércoles en Svay

Camboya • 2 de marzo de 2014

Ayer me quedaron dos cosas por contar: 1. Sonidos y luces. A los camboyanos, como ya os había contado, les gustan los altavoces, la música a tope y además todas las luces imaginables. Luces de freno con bombillitas verdes rodeando las luces normales, todos los restaurantes que pueden permitírselo parece que viven en una navidad perpetua... y lo que más nos ha gustado, la marcha atrás de los coches que viene con sonido incorporado (cerca de la Prefectura hay uno con "Navidad, Navidad, dulce Navidad..." y ayer vimos uno con la Lambada versionada a lo politono).

2. Lucha a muerte. Justo antes de irnos a dormir, en la puerta de la habitación prácticamente empezamos a oír unos ruidos extraños (besitos besitos decía Ana a Cris). De repente, un murciélago cayó de una viga y empezó a desangrarse mientras todos mirábamos, porque ninguno se atrevía a acercarse al bicho aquel mientras daba golpes al aire con la pata, no fuese a ser que nos mordiera y cogiéramos la rabia. Sobra decir, que estuvimos revolucionados un rato y lo de irse a la cama fue aún más difícil que ayer sabiendo que la rata victoriosa andaba merodeando por ahí.

Hemos vuelto al colegio y hemos tenido bastante menos pacientes, algunos de ellos venían hoy por segunda vez. Como estábamos más tranquilos, hemos podido ver algunas cosas, como una paciente de Ana que puso a todas sus amigas en fila y empezó a repartirles gotas de los ojos. A media mañana Diego y yo nos fuimos con Jimena y una de las traductoras que ha estado acompañándonos todos estos días (una señora que estuvo en los campos de refugiados ingleses donde aprendió a ser matrona) a ver a una mujer que estaba en su casa y no comía porque la habían operado. A poco que nos alejamos del colegio las casas eran cada vez más y más humildes: cuatro palos, dos placas de uralita y cartones para forrar grietas. Dentro de la casa nos encontramos con una mujer de 62 años que aparentaba 100 y que pesaría unos 20kg. Su foto serviría para poner junto a la definición de caquexia. No se levantaba y a poco que la tocáramos ponía caras de mucho dolor. Poco a poco fuimos descubriendo que la habían operado dos veces de una hernia y que ahora no le habían dado nada para el dolor postoperatorio. Poco pudimos hacer, le dimos medicación para el dolor, vitaminas e instrucciones muy claras de que acudiera al hospital si en 5 días no mejoraba.

Acabamos pronto, así que aprovechamos para volver al centro, empaquetar nuestras cosas, comer y salir antes hacia Battambang. Así hemos aprovechado para llevar más ropa a lavar, dar un paseo, acabar una vez más en el White Rose pidiendo un batido para soportar el calor y dando un paseo por el río hasta River, un sitio muy chulo con un montón de pantallas. Volvimos tranquilamente hasta la Prefectura y de la que pasamos por delante del bar de Niccola nos encontramos a unas chicas de Madagascar que estaban tocando y bailando. Nos habían hablado de ellas, han venido con una organización que se llama Agua de coco, que tiene muchas sedes por el mundo y permite que las chicas se vayan de gira por el mundo bailando, parecido a Sauce con las niñas camboyanas. Nos gustó mucho verlas porque habíamos intentado coincidir con ellas en la Paloma pero por cuestiones de horario pensábamos que nos las habíamos perdido. Resulta muy chocante ver a las africanas bailar, enseñando tanta carne, con esa música tan ruidosa y marchosa, riendo y con tanta energía, sobretodo si las comparas con las camboyanas, tan comedidas, tan atentas al detalle de la mano que gira... Nos contaron durante la cena que habían bailado en Tahén y después hubo una rueda de preguntas con una serie de pifias que al mismo tiempo me parece que no son tales si entiendes bien el contexto de la situación. Las de Madagascar preguntaron a las camboyanas porqué se tapaban tanto si hacía tanto calor aquí a lo que éstas contestaron que es que no les gustaba estar morenas. Cri cri. Será políticamente incorrecto, pero es que es tal cual. Los camboyanos no enseñan más piel de la necesaria, no vaya a ser que se les confunda con trabajadores del campo. Cosa que dijeron, que estar moreno significaba que eras pobre. Cri cri de nuevo. Al final la cosa se arregló explicando que todos quieren lo que no tienen. Los blancos queremos ponernos morenos, los camboyanos se maquillan de blanco, las rizosas se alisan el pelo y las de pelo liso se lo rizan. Si soy sincera, creo que me quedo con los bailes africanos, a las niñas se las ve mucho más felices que a las camboyanas, tan atentas a ocultar sus emociones y reflejarlas con un giro de muñeca.

La cena por cierto, ha sido espectacular. Hemos ido a una barbacoa coreana camboyana... la cosa no está muy clara, pero sí puedo explicar el invento. Se pone una placa con carbones ardiendo y sobre ellos una rejilla sobre la cual, en la parte de arriba se hace carne estilo a la piedra y en la parte de abajo se añaden verduras, noodles, caldo y el propio jugo de la carne que va cayendo. El resultado: un empacho generalizado, pero con gusto.