Koh Rong

Camboya • 13 de marzo de 2014

Tras el ya habitual madrugón, desayunamos junto al puerto y fuimos a esperar al ferry. Consejo para todo aquel que vaya, te dicen que hay que estar media hora antes, con 10 minutos basta porque luego se retrasará otra media hora. Tuvimos la suerte de que durante el viaje el tiempo fue mejorando y cuando llegamos a la isla ya hacía sol. Los barcos, que pertenecen al centro de submarinismo, están muy bien organizados. Según llegas te envían al Cocos Bar (mismo dueño que la escuela de submarinismo) donde te ofrecen una bebida gratuita de bienvenida (medio vaso de zumo) y uno de los camareros te da una charla informativa sobre la isla. En nuestro caso nos la dio un chico que parecía fumado y la verdad, fue más interesante de lo que esperaba. Resumiendo te cuenta lo siguiente:

  • La playa principal a la que llegas (donde están todos los hoteles y restaurantes) se divide en dos zonas, la camboyana y la occidental. La camboyana es más barata, la occidental más lujosa.

  • Existen otras dos playas: 4k Beach, a la que se llega andando siguiendo la playa principal y Long Beach. Para llegar a la segunda hay dos opciones; cruzar la isla andando, un trek de 40 minutos más o menos o ir en uno de los barcos que ofrecen los locales (o si quieres puedes ir andando y volver en barco, la opción más recomendable).

  • Hay varios restaurantes, la mayoría ofrecen barbacoas por la noche.

  • En el Cocos siempre tienen alguna actividad noctura: beer pong, música en directo… y yoga por las mañanas.

  • Entre las múltiples actividades se puede: ir de pesca, hacer snorkel, buceo y una semana antes de que llegásemos nosotros habían instalado una tirolina que recorre la parte alta de la isla.

Nuestro albergue era el White Rose Guesthouse, del lado camboyano de la playa (claramente diferenciable: arena sucia, aspecto más cutre, cabañas más amontonadas). El hotel está bien, mientras miraban si nuestras habitaciones estaban libres intentamos contratar con un local una barca que nos llevase a ver Koh Rong Sanloem y nos recogiese por la noche. La cosa fue más difícil de lo que creíamos, algo no hicimos bien porque nos pedían unos 70 dólares que no estábamos dispuestos a gastarnos, así que al final decidimos volver al hotel, dejar las cosas en nuestro cuarto e ir a Long Beach.

Antes de empezar la travesía (zapato cerrado obligatorio) fuimos a comprar el famoso aceite de coco que te protege contras las moscas de la arena y algo de comida para pasar el día porque habíamos leído que el otro lado era completamente virgen y no tendríamos acceso a nada.

El inicio no fue de lo más agradable, con un calor infernal y cuesta arriba se nos hizo bastante pesado hasta que entramos ya en la selva y la sombra nos protegía. En algo más de 40 minutos atravesamos toda la isla. Lo más divertido es la bajada, que como es realmente empinada hay que hacerla ayudándote de lianas, rocas y cuerdas. Camino a Long Beach:

Al llegar al final nos encontramos con un restaurante, al final no hacía falta ir cargando con la comida.

La entrada a la playa es indescriptible. Es enorme, blanca y el agua turquesa. Hay tanta luz que en seguida te tienes que poner las gafas de sol porque la arena deslumbra. Hay algunos turistas, pero muchos menos de los que cabría esperar para un lugar así y además como la playa es enorme están todos muy separados por lo que realmente uno tiene la sensación de ser el dueño de la playa. Es increíble, preciosa. Nos pasamos el día bañándonos, paseando y disfrutando del lugar, con la selva a nuestras espaldas y el mar al frente, creo que no podíamos pedir nada más (bueno, hubiese sido más agradable si no hubiésemos tenido que echarnos el aceite para las moscas, pero es una molestia muy secundaria).

Tras la puesta de sol subimos en una de las barcas que nos devolvió al lado “habitado” de la isla. Menuda puesta de sol por cierto, ya querría la de Angkor acercársele.

Después de hacer un muy completo estudio de mercado, decidimos cenar en el Monkey Republic, el último restaurante de la playa. Las raciones son enormes y disfrutamos un montón de la cena, que tanto chapuzón da hambre.

Para acabar fuimos al Cocos donde un músico francés que cantaba muy bien (nos recordaba a Michael Bubblé) nos estuvo amenizando la noche.