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Camboya • 14 de marzo de 2014

Hoy se nos han unido Ana y María. Antes del desayuno yo he ido a la playa a hacer yoga con un grupo de gente, ha sido fabuloso. El mar, la brisa y el estirarse como Dios manda Las hemos esperado mientras desayunábamos en un chiringuito de la playa junto a la pasarela. El plan fue sencillo: dejaron sus cosas en el hotel y al poco salimos con un tour que habíamos contratado el día anterior.

En un barco íbamos un grupo de 12 personas llevados por un local. Primero fuimos a hacer snorkel. Según te metías daba la sensación de que sólo había cuatro algas junto a las rocas, pero en cuanto nos apartamos un poco del barco pudimos ver un montón de peces de colores, rayas marinas e incluso alguna morena. De ahí nos movimos a otro punto y empezó la hora de la pesca (en teoría era lo que íbamos a comer). El sistema de pesca era fácil, teníamos un rollo de sedal que acababa en un anzuelo donde poníamos algo de cebo y esperábamos a que los peces picaran. Pescamos más de lo que cabría esperar en un principio, de hecho dio para que comiéramos los 12. Cris y yo nos mareamos bastante porque el barco era demasiado pequeño para el tamaño de las olas y con tanto bamboleo en parado… pasa lo que pasa. Yo acabé tumbándome en la proa y Cris dándose un chapuzón para refrescar.

Una vez finalizada la pesca fuimos a pasar la tarde a Long Beach. Nuestro guía nos hizo los peces en una especie de barbacoa con mucho mucho picante (fueron difíciles de comer) y hasta el atardecer estuvimos paseando por la playa.

Embarcadero

A la vuelta, se bajaron todos menos nuestro grupo, que habíamos contratado por 5 dólares más un tour del plancton fluorescente. La verdad que tuvimos bastante mala suerte, porque lo ideal para verlo es en noches de luna nueva, cuando la oscuridad es total y entonces a poco que hagas ves los pequeños puntitos brillar… pero a nosotros nos tocó luna llena, así que nada, mala suerte. Nuestros barqueros, que debían de tener 10 y 13 años nos llevaron a la isla de enfrente, a una zona en la que los árboles daban sombra al mar. Allí nos dedicamos a “excitar al plancton”, es decir, revolver el agua y alterarlo para que brillase. Nos dejamos allí las manos y pies excitando al plancton, viendo cómo salían chispitas verdes a nuestro alrededor. Diego incluso se puso a ello con un machete (nuestros pies se salvaron de milagro jajaja).

Volvimos contentos a nuestro hotel, nos cambiamos y salimos a cenar a “la pizzería” de Koh Rong donde cenamos muy bien.