Llegada a las gargantas del Todra

Marruecos • 1 de septiembre de 2014

Hoy por la mañana tocaba otra vez viaje, aunque relajado. Conocimos a la mujer de Ibrahim, que fue la que nos cobró por nuestra estancia y se encargó de que rellenáramos el papeleo que su marido no nos había hecho rellenar (cada huésped en Marruecos tiene que rellenar individualmente) un papel con su pasaporte, profesión, hacia donde se dirige, etc. ¿El desayuno? Similar al de Marrakech, pero con mejores vistas. Se nota la influencia francesa en los desayunos de aquí.

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Ya en ruta, pasamos por Ouarzazate, lugar en el que conscientemente no paramos. Ouarzazate es el Hollywood bereber. Y es verdad que la ciudad entera parece un decorado, pero no por lo bonito como Deauville sino por el aspecto de provisionalidad que tiene. La ciudad tiene aeropuerto y, que viéramos desde la carretera, al menos un par de estudios de cine que se pueden visitar.

Del trayecto en coche en sí hay varias cosas interesantes. La primera, el paisaje; es lo que vulgarmente se conoce como un pedrero, pero de vez en cuando aparece mucho verde (oasis) y donde hay agua hay ciudades. Respecto a la conducción, los que más rápido van son los que tienen coches con matrícula extranjera (franceses, básicamente) porque tienen coches mejores y más nuevos; el resto de conductores va bien, despacio, y dándote las luces avisándote de los controles de policía (que los hay con relativa frecuencia). Lo más extraño es que las rotondas no parecen regirse por el código europeo, aquí la preferencia la tiene el que entra en la rotonda, no el que ya está dentro (digo parece, porque no lo tengo claro).

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Pasado Ouarzazate, tomamos la N10 (íbamos por la N9) que va hacia Tinghir. Decidimos parar en Skoura, que tiene un palmeral digno de ver y zoco los lunes. No salió bien porque la idea era ir al centro ecuestro y hacer una excursión a caballo por el palmeral, ya que es grande y no habría sido fácil hacerla a pie. Llegamos al centro ecuestre, y había caballos pero no gente. Así que como llegamos, nos fuimos hacia las gargantas del Todra.

Las gargantas del Todra y Dadés son, dicen, las más bonitas de Marruecos. Nosotros hemos optado por las del Todra. Se puede ir a pie de una a la otra en una excursión larga. La ciudad más cercana a ambas es Tinghir (también escrito Tinerhir, según que plano se mire), que tiene un palmeral impresionante. En la foto de debajo se ve como no sólo nosotros contemplamos admirados el palmeral sino también los propios bereberes.

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Y ya a la hora de comer llegamos a nuestro albergue de hoy y mañana (Dar Ayour, 60€ por habitación y noche con media pensión, elección especial de Lonely Planet). Totalmente recomendable, al menos de momento. Hasta tienen solucionado el tema del aparcamiento (el acceso se hace por una callejuela a pie pero tienen alquilado un garaje a los vecinos). Está situado a la entrada de la garganta y tiene piscina, wifi, buena comida, y unos dueños (o hijos de los dueños) muy amables que se encargan de hacerte de guía por la zona. Así que por la tarde hicimos eso, irnos de excursión con uno de los hijos (que tiene 17 años) que nos enseñó la kasbah metiéndonos por sitios donde nosotros no habríamos sido capaces de ir motu proprio.

Primero tuvimos que cruzar el río a pie. Cubre hasta por lo menos la rodilla así que había que ir saltando de roca en roca. En las orillas del río hay tierras de cultivo que las mujeres se encargan de mantener. Cada familia tiene su parcela.

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Atravesado el río, nos llevó a un museo sobre la vida en la kasbah muy curioso. No sabemos si el museo sale en alguna guía, y lo que es peor, el dueño tampoco. El museo es la primera casa que hubo en la kasbah y su dueño la está rehabilitando. Además de eso tiene muchas piezas de museo sobre la vida bereber (utensilios de cocina, bolsas de piel de camello). Para dar a entender la extrañeza de este museo, el tipo cuando llegamos tenía a un hijo con el pelo a medio cortar; acabó de cortarle el pelo delante de nosotros. Tipo curioso el dueño, estuvo trabajando en Holanda, donde empezó a comprar cosas de estas antiguas y luego se trasladó aquí pero él originariamente es de Midelt; además está divorciado y vive con su segunda mujer. No esperaba conocer divorciados en Marruecos.

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Después del museo, nuestro guía nos llevó a una familia bereber. Le dijimos que sólo iríamos si no estábamos obligados a comprar nada. En esta familia bereber hacen tejidos, alfombras de lana de camello o de oveja. El señor, que hablaba muy bien francés, nos estuvo contando cómo la vida en la montaña es dura, que él era el únic ode su familia que había podido estudiar, etc. Por supuesto, nos sacó unas alfombras (muy bonitas y a muy buen precio), pero insistimos en que no íbamos a comprar. Consiguió vendernos, eso sí, un turbante para mí; fue fácil porque yo necesito uno para el desierto.

Cenamos también en el albergue, que estamos de media pensión. Estamos rodeados de moscas, es algo que nos sorprende bastante, no tienen nada para evitarlas: ni las típicas cortinas de cuentas en las puertas, ni las típicas tiras amarillas pegajosas que cuelgan del techo… nada. 

Mañana excursión por la garganta. A ver qué tal.