Paseo en bicicleta

Indonesia • 20 de agosto de 2015

Hoy hemos ido con los de Via Via tours a dar un paseo en bicicleta por un pueblo cercano a Yogjakarta. El tour en sí es caro para lo que es el país (150000 IDR por cabeza, unos 10€ al cambio), pero es totalmente recomendable y vale cada céntimo.

Salimos a las 8 de Via Via, con otra pareja de belgas y Tías (ni idea de cómo se escribe bien el nombre), nuestra guía, una chica indonesia que acaba de terminar sus estudios de inglés.

Al principio daba un poco de miedo salir con las bicis porque el tráfico de la ciudad es caótico, pero en unos 15 minutos salimos de la ciudad y fuimos a dar a un pueblecillo tranquilo, sin ningún vehículo motorizado salvo alguna moto perdida.

Campos de arroz en Yogjakarta

Fuimos haciendo varias paradas durante el camino, la primera en una fábrica de galletas saladas. Se hacen a base de pescado en salmuera, con ajo y huevo. Las hacen de varias formas y son un aperitivo barato y típico del país.

Crackers

De ahí seguimos nuestro paseo hasta el “banco del pueblo”. En realidad se trataba de una especie de establo o aglomeración de establos comunitarios. Según nos contó la guía, la mejor inversión que hacen los granjeros/agricultores de arroz con su dinero, es comprar una vaca que se revalorizará alcanzando su precio máximo (un 50% más de lo habitual) en el Día de la Matanza del calendario musulmán. Así en un terreno tienen varios establos seguidos, algunos propios y otros de alquiler (unos 40€ al año) con vacas y ovejas, que son tratadas a cuerpo de rey, duchas incluidas.

La siguiente parada no estaba en el tour, pero a petición de la pareja belga, nos metimos en un colegio con toda nuestra cara. La guía pidió permiso a la profesora y entramos en la clase de los niños de 5-6 años, que estaban revolucionadísimos al vernos. Les encantaban las fotos y no paraban de posar para la cámara para que luego les enseñáramos el resultado. Muy sonrientes, muy graciosos todos ellos, nos vinieron a saludar corriendo con el saludo de respeto tradicional (coger la mano del otro y ponértela sobre tu mejilla). ¡Menudo pasamanos! ¡Ni el rey!

La mayoría de los niños en Java están escolarizados, no sé cómo será en el resto de Indonesia, pero aquí van todos uniformados y los horarios de clase dependen del año en el que estén. Empiezan por tres horas al principio de primaria y van subiendo según suben de grado, de lunes a sábado.

Ceci, una alumna más

La que sí que estaba estipulada era la parada en los campos de arroz, para ver y probar la técnica de separación del arroz de su planta. Menudo trabajo de chinos lo del arroz. Primero lo plantan escogiendo las semillas fácilmente poniéndolas en agua: las malas flotan y las buenas se hunden. Cuando alcanza un tamaño aceptable lo trasplantan y lo adaptan en los campos con una regla de bambú (de ahí que estén alineados tan perfectos). Hay que dejar que la planta crezca hasta que empiece a ponerse marronácea, momento ideal para la recolecta. Se recoge toda la hierba con el arroz y se separan las semillas (ya sea de forma tradicional dando golpes a un manojo contra un árbol o de forma más moderna como se iluestra en la foto de abajo). Posteriormente se cogen las semillas y se tienen que pelar, quitando las dos capas. La primera se usa para hacer estropajos (antiguamente se quemaba y las cenizas se usaban de pasta de dientes) y la segunda se usa para hacer caldo para los patos. Una de nuestras paradas era para ver el proceso de separación de las pieles pero no estaban trabajando en ese momento los de la casa en cuestión.

El profesional, descalzo

Aprovechando que ya había algo de hambre (y sobretodo mucho calor y sed), Tías nos llevó a una especie de marquesina en el medio del campo a tomar un tentempié que traía ella. Probamos los rollitos de arroz dulce con carne de pollo, los de chili y verduras y otros dos dulces que llevaba. ¡Estaban buenos! Nos contó que cuando un chico quería pedirle matrimonio a su novia, llevaba entre 20 y 30 rollitos a casa de la familia de ella y se reunían todos para comerlos y discutir el tema, esos rollitos son pegajosos y simbolizan que la pareja permanecerá unida. Aquí por las bodas, la novia pide algo al novio de forma que si quiere rechazarlo, pide algo imposible de conseguir y si lo quiere, algo que sabe que sí está a su alcance. Curioso.

Curioso como que los indonesios llevan su religión en el carnet de identidad. Son de lo más peculiares en ese sentido. El 80% de la población es musulmana, pero conviven sin problema con otras religiones. Oficiales son católicos, protestantes, budistas, hindúes, confucianistas y musulmanes… y son fiestas oficiales todas y cada una de las fiestas de dichas religiones. Nadie parece imponer su religión a los demás y son bastante tolerantes. Nosotros no hemos visto ningún signo de “musulmán radical” y aunque se oyen llamadas a la oración, no tiene nada que ver con lo vivido en Turquía o Marruecos.

La penúltima parada fue en la “fábrica de chocolate”. En realidad era la casa de un señor que fabrica ladrillos con el lodo del terreno que en otro tiempo fue arrozal. Al parecer se saca más vendiendo ladrillos que de la otra forma. El proceso es sencillo. Se echa barro en el molde, se moja y se deja secar dos días. Durante otros 2 días se apilan y se dejan orear y finalmente se hornean bajo una choza adquiriendo el típico color anaranjado.

Haciendo ladrillos

Para acabar entramos en una casa a ver cómo fabricaban el tofu y otra cosa… de la que ya no recordamos el nombre. Es un postre típico de aquí fabricado a base de semillas de soja y levadura que se fríe y se toma caliente. Nos regalaron 2 trocitos para cada uno, para que pidiéramos en algún restaurante que nos lo frieran.

Acabado el tour aprovechamos para comer en el Via Via porque necesitábamos hidratación con el calor que hacía. Comimos allí, y pedimos que nos frieran lo que nos habían dado. Se nos pasó la hora de ir a ver el Kraton, pero sí nos dio tiempo para llegar a ver el Palacio del Agua.

En el palacio del agua no queríamos pagar por guías ya que habíamos tenido que pelear un poco más de la cuenta por conseguir un buen precio para que nos llevaran hasta allí, así que rechazamos el primer guía. Pero después se nos presentaron dos chicas que nos explicaron que ellas eran estudiantes y que estaban en prácticas, así que no nos cobrarían nada. Y no nos cobraron nada, aunque la verdad es que estaban un poco peces en esto de ser guías.

El palacio propiamente dicho es una parte del complejo de residencias del sultán y no tiene nada destacable, ni estatuas, ni ornamentación, ni muebles… nada. Dicho esto, el agua de las tres piscinas que tiene lo hacen agradable. Y además está a la sombra. Una de las tres piscinas está separada de las otras dos por un pequeño edificio con vestuario y sauna. Esa es la piscina privada del sultán, donde podía bañarse con él la mujer que el quisiera de las de su harem. Todo un honor.

A la salida del palacio hay artesanos. Vimos cómo se hacían las figuras de las marionetas de sombras, eso sí que es un trabajo de chinos. Y también vimos cómo se hace el batik, un arte típico de Yogjakarta que consiste en dibujar con cera y luego calentar; como el otro, también un trabajo de chinos, con la diferencia de que el resultado final no me gusta.

Haciendo sombras

De cena tomamos un plato que se llama satai padang. Son como unas brochetas que saben mucho a humo a pesar de no estar quemadas, pero la salsa está muy buena. Y a diferencia de todo lo demás, no pica.