Primeras charlas en Lunsar

Sierra Leona • 10 de julio de 2017

Después de tanta anticipación, por fin vamos a dar nuestras primeras charlas en Lunsar. Aunque al principio parecía que iba a venir poca gente, se fue animando la cosa y al final tendríamos un grupo de unas 80 mujeres, alumnas de la escuela vocacional, escuchándonos y hasta haciéndonos preguntas.

En una sala medianamente grande y con un proyector que nos trajeron para estrenar, dimos nuestras primeras charlas sobre “quién soy yo: cambios a esperar en la vida de una mujer” e “Higiene personal”.

No es por presumir, pero la verdad que fueron bastante bien. Al acabar las presentaciones se lanzaron a hacer todo tipo de preguntas (hasta los hombres), la mayoría de ellas, no muy distintas de las consultas que tenemos habitualmente por el hospital: reglas dolorosas, reglas irregulares, alteraciones varias del flujo… y hasta dudas sobre anticonceptivos.

Las únicas preguntas impertinentes vinieron de los pocos hombres que había, que se pusieron rápidamente a la defensiva en cuanto les dijimos que no llevaban razón en lo que tenían (pero es que no les íbamos a decir que tenía razón cuando decían que la mujer de pueblo tenía la regla a través del dedo gordo de la mano y los ojos)

Después de las charlas pasamos a un cuartito donde nos hicieron consultas más personales… la mayor parte de ellas sobre infertilidad. Si la fertilidad es un tema importante en el mundo (no hay más que ver la proliferación incesante de clínicas de reproducción en occidente), aquí todavía lo es más ya que la validación personal de una mujer viene a través del número de hijos que tenga. Es muy desesperanzador atender a estas mujeres, a las que a las pobres lo único que podemos decirles es que intenten programar los coitos para los días fértiles del mes y que quizás el problema no sea sólo suyo sino de su marido…

Con la última de nuestras pacientes pudimos extendernos un poco más y nos estuvo contando cosas de su vida: el ébola, la guerra civil… este país ha pasado grandes atrocidades. Nos contaba cómo durante el ébola si alguien moría infectado, se precintaba la casa con todos los que estuvieran dentro, impidiendo que saliera o entrara nadie. A veces se les pasaba comida, pero no todos la recibían y algunos de los supervivientes llegaron a morir de inanición.

El mercado se abría sólo de forma puntual y periódicamente se daban toques de alarma y los obligaban a quedarse en casa durante varios días. Cayeron muchos como moscas. Nos decía, además, que cuando alguien avisaba de que tenía algún vecino enfermo (cualquier tipo de enfermedad, no sólo síntomas de ébola), venían a hacerles análisis de sangre a casa y poco después morían. Es su creencia que las jeringuillas con las que les sacaban sangre no estaban estériles y era el propio pinchazo el que les transmitía la enfermedad.

Tema aparte ya fue el de la Guerra Civil. Esta chica no tenía ningún problema en contarnos cómo la había vivido. Ni esto, ni el ébola. Era una niña cuando estalló todo y los rebeldes llegaron a Lunsar. A ella no consiguieron cogerla, pero sí a muchos conocidos suyos. Nos estuvo describiendo todo tipo de torturas en las que no voy a entrar, pero eran escalofriantes. Preguntándole por el motivo de la guerra y qué la mantuvo durante tanto tiempo, nos dijo que había sido una guerra sin motivo, en la que los rebeldes simplemente eran perversos y disfrutaban haciendo daño y que las armas las habían recibido de la Cruz Roja. Es una pena cómo ha calado en estas personas esa idea de que la Cruz Roja inicia conflictos allá dónde va.

Por la tarde la cosa fue distinta, las mujeres vinieron con la idea de que habíamos montado un consultorio para responder a cualquier tipo de dolencia. Eran unas 40, procedentes de Lunsar y las aldeas cercanas. Tuvimos una situación incómoda, cuando una de las hermanas malinterpretó nuestro mensaje y quiso hacer saber al público que no es necesario usar anticonceptivos porque con el método ojino todo funciona perfectamente. Nos pidió que volviésemos a explicarlo para que quedara bien claro y Rocío no tuvo problema en subir al estrado para indicar que el ciclo menstrual está bien conocerlo, pero que falla más que una escopeta de feria a la hora de prevenir el embarazo. Prácticamente no atendieron a la charla y no pudimos interactuar con ellas, probablemente porque su nivel cultural es bajísimo y no atendieron a nada de lo que les dijimos.

Las consultas fueron desoladoras. Todas se pusieron a la cola con un 80% de consultas con el mismo tema, infertilidad. Fue mucho peor que en la mañana porque eran muchas más y todas venían esperando que con un pase de nuestra varita mágica se iban a quedar embarazadas. Con el 20% de consultas restante también tuvimos nuestras frustraciones porque no estábamos preparadas para atender ningún tipo de consulta médica: sin tensiómetro, sin termómetro, sin otoscopio, sin fonendo, sin una camilla para explorar, sin pruebas de imagen, sin saber a quién se le puede pedir una prueba de VIH, VHB y a quién no…

En la cena hablamos con ella porque nuestra idea inicial de hacer un reconocimiento básico a todas las estériles va a ser imposible por el gran volumen que hay.

La Hermana hoy nos ha contado alguna de sus peripecias médicas. Tiene unas bolas negras japonesas que usar para todo. Si te duele una muela, te pones una en la boca y en menos de dos minutos se te pasa el dolor. Si tienes dolor abdominal, te pregunta si se relaciona con la regla y si no lo es, te da otra bola con mucha agua. Si el dolor es más intenso, te da dos. Si estás obstruida, te da 4, descansas una hora y si te encuentras mal, vuelves… nadie volvió.

Para rematar nuestro día, nos encontramos a un señor desconocido matando una rata gigante en la puerta de nuestra casa de voluntarios. La cogió por la cola y la estampó contra el asfalto. Habrá que dejar la puerta cerrada. Siempre.