Conversaciones con Lamin

Sierra Leona • 12 de julio de 2017

Lamin es hombre de unos 40 años, musulmán, activista de derechos humanos, estudiado, viajado y formado. Formado bajo la tutela de una orden católica de párrocos italianos, estudió en Freetown la Universidad, trabajó durante 25 años en el laboratorio del primer hospital de Sierra Leona (fundado hace 50 años cerca de Lunsar) y hasta hizo una estancia formativa en Barcelona.

Se sabe afortunado por ser el único hombre de su ambiente con una visión más moderna del mundo y siente una gran responsabilidad con su país. “Si vienen personas desde otro continente a ayudarnos, ¿cómo no voy a ayudar yo a mejorar mi país?”.

Te mira con ojos serios y te explica que al mundo le gusta decir que Sierra Leona es un país pobre y equivoca. Sierra Leona es un país rico, con oro, diamantes y muchos minerales, su pobreza no reside en el terreno sino en la mentalidad de la gente.

Nuestra reunión con él ha sido para enfocar mejor nuestras charlas y entender mejor el contexto social en el que nos vamos a mover. Lamin, aunque hombre y musulmán, goza de una posición única al tener tanta experiencia en el medio sanitario, haberse formado en derechos humanos y tener contacto cercano con todas las mujeres locales.

La ablación genital está muy extendida en Sierra Leona. Más del 95% de las mujeres han sufrido algún tipo de mutilación como ritual de paso de la niñez a la edad adulta. Si bien es cierto que se ha aprobado una ley por la cual la ablación genital está prohibida en menores y en mayores será sólo permitida en aquellas que den su consentimiento, esta noción sigue siendo irrisoria. La tradición está muy arraigada en sus costumbres, nadie querría casarse con una mujer sin ablación y además es un negocio que mueve mucho dinero.

Como son polígamos, los hombres tienen que repartir los días que duerme con cada mujer. Su idea es que como el hombre no se acuesta con su mujer diariamente, esta puede pensar en cubrir sus necesidades sexuales en otro sitio, por lo que lo mejor es eliminarle el deseo sexual amputándole los genitales externos.

Algunas familias gastan gran parte de sus ahorros en mandar a sus hijas a las zonas más remotas de la selva controladas por las sociedades secretas para pasar por este ritual donde, además de mutilarlas, les enseñan a cocinar, coser, planchar y satisfacer sexualmente a sus maridos. Esto pasa en niñas de 4 a 20 años que nunca más volverán a la escuela si es que habían llegado a ir en un inicio. La edad más frecuente es en torno a los 5-6 aunque realmente, es en cuanto pueden reunir el dinero para ello.

Las prácticas, para más inri, son poco seguras. La sobrina de Lamin se murió desangrada a los dos días de su ritual de iniciación. De esto, por supuesto, no habla nadie.