Medellín

Colombia • 13 de agosto de 2017

El destino vacacional de este verano es Colombia. La idea original era ir a Cartagena y alrededores, pero como el vuelo que salía era con escala en Medellín y a la vuelta con escala en Bogotá, decidimos alargar y aprovechar un poco esas escalas para visitar Medellín y Bogotá. Así que hoy domingo estamos escribiendo esto desde el aeropuerto José María Córdova (o Córdoba, no se aclaran), donde vamos a tomar un vuelo a Cartagena de Indias, de la que esperamos maravillas.

Pero, antes de todo eso, hemos estado en Medellín dos noches, que se traducen en un día y medio. Así que no nos ha dado tiempo a hacer gran cosa. No hemos visto nada de los alrededores de Medellín (por ejemplo Guatapé, o, más cerca, el Parque Arví), pero sí que hemos dado paseos largos.

Medellín

Medellín es una ciudad de la que los paisas, o antioqueños, se sienten orgullosos. Hemos oído frases del tipo “Medellín es la sucursal del cielo” o, menos poética, “Medellín es una ciudad de de la que estamos orgullosos y queremos que ustedes los turistas la disfruten”. Hay cosas de las que se pueden (y deben) sentir orgullosos, por ejemplo, se pueden sentir orgullosos de que Medellín sea una ciudad ahora segura, cuando hace muy pocos años no lo era. Recordemos que en Medellín, igual que en muchas otras partes de Colombia, las FARC y el narcotráfico han dejado muchos atentados y muertos. También pueden sentirse orgullosos de su clima, de lo amables que son (¿será así en toda Colombia?), o de tener entre los oriundos del lugar a uno de los colombianos más internacionales: Fernando Botero.

¿Cuál es el problema? El problema es que Medellín no debería existir, al menos no donde está. Es una ciudad de de más de dos millones de habitantes situada en un valle muy poco amplio y muy profundo. Por todas partes está rodeada de montañas con grandes pendientes y gran altura (casi mil metros desde el fondo del valle), la vida en ellas es incómoda. Simplemente hay más gente de la que cabe. Lo que eran inicialmente cuatro pueblos en el fondo del valle se convirtió en una megaurbe que se les ha ido de las manos, con viviendas construidas hasta la cima de las montañas. En un intento por controlar esta edificación expansiva, están acordonando zonas de las zonas más altas de las montañas para evitar que se asiente gente también allí (no es nada fácil dar servicios como agua y electricidad a esos niveles).

Luego, la diferencia entre barrios, o distritos, es abismal. Nosotros nos alojamos y disfrutamos en el Poblado, que es el barrio rico. Se nota. Podría ser perfectamente una ciudad europea con sus tiendas y restaurantes, limpieza y con edificios singulares.

El centro, por donde paseamos el sábado, no tiene mucho encanto, si bien la zona por la que fuimos es aceptable y agradable. Dimos un paseo largo, con visita al museo de Antioquia incluída, siguiendo la ruta marcada en esta página ya que nos fue imposible reservar hueco en un free tour. El paseo para nosotros empezó en el parque de las Luces, y siguió por el paseo Carabobo hasta la plaza de las Esculturas o plaza Botero. Fuimos todo el rato un poco tensos porque nos advirtieron varias veces que tuviéramos cuidado con los robos. El taxista de la mañana, un guardia por la tarde que nos dijo que no nos metiéramos por unas calles céntricas… qué desagradable es la sensación que te deja, indefenso, en alerta constante. Llama mucho la atención el enorme número de pequeños comercios que hay y la cantidad de piñatas que venden. Nos gustó mucho por dentro el Palacio Nacional, que ahora es un centro comercial lleno de tiendas de zapatos donde se da misa en la planta baja, en medio de la cafetería. Son católicos practicantes estos colombianos, misas por todas partes con iglesias atestadas de gente.

Palacio Nacional

Ya en la plaza de las Esculturas, todas de Botero, entramos en el museo de Antioquia. Fuimos dispuestos a pagar, pero coincidió que era gratis. Decir museo de Antioquia es casi decir museo Botero ya que una gran parte de las obras que hay o bien directamente son hechas por él, o son de su colección privada que ha donado al museo. Las obras de Botero resultan extrañamente agradables de ver. Lo que yo más destacaría de él es que si ves una obra de Botero, sabes que es de él sin preguntar, es un artista muy reconocible.

Muerte de Pablo Escobar

El museo tiene cuatro plantas donde se ven obras de artistas colombianos y latinoamericanos del siglo XIX en adelante. Hay fotografías también, parte dedicada a los tatuajes (los artistas contemporáneos colombianos se dedican a los tatuajes y al grafiti, según parece) y otra parte divulgativa dedicada a las formas de vida de las culturas precolombinas. Es un museo que merece la pena visitar.

Al salir del museo, lo que se ve es esto.

Plaza de las esculturas

El paseo continuó hasta la avenida Junín, con mejor pinta que la Carabobo, pasando antes por el mural Pedro Nel y la Basílica Candelaria, donde también nos coincidió la misa. Comimos, recomendados por la Lonely Planet, el menú del día en el salón Versalles. Aceptable y barato según los estándares europeos. Yo de postre me tomé un tinto sin preguntar lo que era, luego resultó ser un café negro. Creemos que aromáticos significa infusiones, tenemos ligeras dificultades con el idioma.

La idea para después de comer (almorzar, como dicen aquí) era seguir el plan, así que fuimos paseando para llegar a ver el parque Bolívar y la Iglesia Metropolitana (cómo no, también con misa) y después el teatro Pablo Tobón Uribe. Allí nos detuvimos porque dentro del teatro estaban dando una clase grupal y gratuita de salsa. No participamos más que como meros espectadores, pero estuvo divertido.

Los hitos del tour realmente los habíamos cubierto antes de comer, así que el resto del camino lo seguimos sin pararnos mucho. Sí nos llamó la atención una plaza (Botero Birds), donde hay dos pájaros de Botero al lado: el original y la copia. El original está totalmente destruido y dejado así a propósito como recuerdo a un atentado que hubo en esa plaza en 1995.

Acabado el tour, todavía nos dio tiempo a ir en metro hasta el Jardín Botánico, que es un lugar muy agradable para pasear y pasar la tarde. De hecho, mucha gente estaba allí haciendo picnics. Nosotros sólo nos tumbamos y descansamos, pero nos gustó mucho. Y también nos gustó el metro de Medellín, que no es subterráneo sino que va elevado a lo largo del río.

La noche la dedicamos a ir a cenar a Carmen, en el Poblado, que es uno de los mejores, si no el mejor restaurante de Medellín. Cenamos (comimos) muy bien en un ambiente agradable. La dinámica del restaurante es diferente a la de los restaurantes en España. Primero te ofrecen algo de beber, sea un coctel (coctel, no cóctel) o una copa de vino para que, ya con la copa mires la carta y pidas lo que vas a comer. Cuando ya has pedido, te traen un aperitivo (que aquí se llama abrebocas) para que entretenerte hasta que llega la comida. Nada de la carta es colombiano, salvo los ingredientes, señal de que en Colombia no se come bien. En general la comida en Colombia es aceptable, pero no apetece comerla, hay que ir a lugares escogidos.

Ya hoy domingo nos lo hemos tomado con algo más de calma. Primero aprendimos a pagar. En el hotel nos preguntaron ¿cómo desea cancelar?, a lo que la respuesta fue con tarjeta; la respuesta fue la correcta, pero se nos notó en la cara que era la primera vez que oíamos la expresión. Después fuimos en Uber (no queremos andar con efectivo si es posible) hasta el Pueblito Paisa, en lo alto del cerro Nutibara, para ver las vistas de Medellín y el museo de Ciudad (no de la ciudad). El Pueblito Paisa es bonito, pero es, y se nota que lo es, totalmente artificial y muy pequeño, no da para gran cosa.

La anécdota del día es que un grupo de chavales empezó a decirnos “Hello” (todo el mundo nos toma por gringos), les dijimos que no hacía falta hablarnos en inglés, que éramos españoles, y luego pidieron que les hiciera una foto con Ceci:

Ceci y sus admiradores

Visto el Pueblito Paisa fuimos a la Biblioteca España, un par de horrorosos edificios en obras porque se hicieron mal, donados por España, en el cerro Santo Domingo. Lo hicimos por dos motivos: probar el metrocable y ver las vistas de la ciudad. El problema es que es una zona extremadamente pobre, de favelas. Si bien no nos pasó nada, ni tenía por qué pasarnos, no íbamos tranquilos y llevábamos la cámara dentro de la mochila (aquí la llaman morral) para no llamar (aún más) la atención. Fue subir, hacer las fotos y volver hasta el Poblado en metro.

Ya en el Poblado, el plan era almorzar en Mondongo’s y luego ir hasta el hotel andando por la milla de oro (nuestro hotel está al final de la milla de oro y donde comimos está al principio, o viceversa). Más o menos lo cumplimos, pero hicimos una pequeña parada entre la comida y el hotel a tomar un café en Pergamino, que supuestamente tiene el mejor café de la ciudad.

Es difícil tomar café en Pergamino porque no le dejan a uno pedir así como así, hay un café bueno para cada cosa. El café que es bueno para tomar solo no lo es para tomar con leche. Y, si le pides al camarero el café que él prefiera, no es capaz de dar una respuesta, así que al final tienes que decidir tú y pedirle aprobación al camarero. Con todo y eso, el café que tomamos estaba muy bueno, Ceci un espresso y yo un solo hecho con prensa francesa.

Y con eso finalizó nuestra estancia en Medellín, paseamos por la zona Rosa y milla de oro hasta nuestro hotel. Por el camino decidimos que, si nos quedáramos más tiempo en Medellín, lo dedicaríamos a ver los alrededores de fuera de Medellín (Guatapé, zona cafetera, Rionegro) y a disfrutar de el Poblado, porque es donde más agradable es estar con diferencia. En particular la carrera 37, donde está Pergamino, nos pareció especialmente acogedora. No vimos prácticamente mendigos en esta zona ni prostitutas. Nos había dicho un taxista que las niñas suelen frecuentar la zona del poblado, buscando gringos que pagan en dólares o eurotones que pagan en euros… pero o se camuflan muy bien o no es para tanto la cosa.

De camino al aeropuerto esta vez pudimos disfrutar de las vistas que no tuvimos cuando llegamos. Es todo muy verde, muy frondoso, lleno de viveros… muy bonito. Por todas partes están edificando casas de lujo: ¡no sabemos de donde sacan tanta gente para tanto edificio!

Seguiremos informando desde Cartagena.